La verdad me conecta a la realidad, y la mentira me separa de ella. Cuando miento es porque quiero esconder algo. Y cuando escondo algo es porque me hace sentir incómodo, me avergüenza, o porque es algo que no importa a nadie más que a mí.

 

En cualquier caso el problema no está tanto en no decir la verdad sobre algunas cosas, el verdadero problema al buscar trabajo se da cuando la persona que me tiene que contratar siente que le estoy ocultando algo o que directamente le estoy mintiendo.

 

En los procesos de selección hay mentiras consensuadas, como el “nivel medio” de inglés, pero esas no son las que hacen daño.  Las que hacen daño son las que nacen de una incoherencia, las que nacen de querer vender una carrera profesional que no ha existido, o que ha sido radicalmente diferente a cómo la cuento.

 

Recuerdo una vez un candidato para un puesto financiero que había ganado mucho dinero en una inmobiliaria durante los años del boom. Sobre el papel su perfil era relativamente bueno para el puesto al que se postulaba. Pero cuando le entrevisté todas y cada una de las cosas que aparecían en el currículum necesitaban fuertes matizaciones. No eran una o dos, eran todas.

 

La carrera que supuestamente había acabado resultó ser una casi-carrera, dado que la había dejado en el último año por ponerse a trabajar, “aunque la quería acabar”. Su experiencia profesional estrella (la que más resaltaba en su CV) resultó ser una que había conseguido no por sus méritos sino porque unos amigos habían abierto una inmobiliaria y le contrataron para “echarles una mano”. El inglés, claro está, era nivel medio “aunque estoy estudiando para mejorar”, y así todo.

 

Lo malo, en realidad, no era su carrera profesional, por supuesto. Lo malo era que él quería haber sido más de lo que había sido, y trataba de vender algo que luego, cuando tratabas de profundizar, veías que se desmontaba. Porque si hubiera contado desde el principio que no acabó la carrera por ponerse a trabajar lo hubiera entendido. Si hubiera contado desde el principio que se unió a un proyecto de unos amigos que estaban montando una inmobiliaria lo hubiera entendido. Si hubiera contado que podía leer y escribir correos en inglés pero no mantener una conversación lo hubiera entendido. Siempre vende más la autenticidad que una fachada monumental… pero de cartón piedra.

 

La cuestión de fondo, aquí, como en muchas otras áreas de la vida, está en que decirnos la verdad a nosotros mismos puede ser complicado y duro, especialmente si nos hemos construido una máscara de éxito en donde sólo ha habido el esfuerzo cotidiano por sobrevivir. A veces, yo el primero, no me doy cuenta lo valioso y lo admirable que es el ese esfuerzo cotidiano, lo valiosa y admirable que es la verdad.

 

Una última cosa: decir la verdad no es tirar piedras contra mi propio tejado ni suicidarme profesionalmente contando cosas que no vienen al caso. A veces distinguir esa delgada línea roja es condenadamente difícil. Pero siempre hay una solución: y si no la encuentras solo, sólo tienes que pedir ayuda. Esta sencilla frase a mí, particularmente, me ha llevado 40 años entenderla. Pero es que la verdad es que ni soy tan bueno ni tan listo como me creía y necesito mucha ayuda para muchas cosas, así que ya no me da miedo pedirla.

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