Aprender es fantástico, es ampliar horizontes, es acceder a nuevas áreas de la realidad, es abrir posibilidades insospechadas, es aumentar mis capacidades para relacionarme con en el mundo con más solvencia y recursos.

 

Durante mucho tiempo, sin embargo, se enmarcaba el aprendizaje en una etapa de la vida, utilizándose una metáfora sobre la siembra, el cultivo y la recolección. La siembra era el aprendizaje de juventud, el cultivo era el desarrollo del trabajo en la edad adulta y la recolección de los frutos correspondía a la madurez.

 

Este esquema de pensamiento ha predominado tanto tiempo que, de alguna forma, está en el ADN de nuestra cultura laboral. Pero las cosas han cambiado radicalmente y los humanos no cambiamos nuestra forma de pensar tan rápido como cambia el entorno.

 

Por este motivo se habla desde hace unas décadas del “aprendizaje continuo”. El aprendizaje continuo es una actitud ante la vida, es casi una filosofía de vida. El aprendizaje continuo es aceptar que vivo en un mundo inestable, cambiante, volátil, y que tengo que adaptar mi forma de pensar a él.

 

El aprendizaje continuo es aceptar que lo que hoy me sirve para sobrevivir quizás mañana no me sirva, que mi identidad no puede basarse en “el trabajo que tengo” o “en lo que yo sé hacer” porque quizás mañana tenga que cambiar de trabajo o tenga que hacer otras cosas.

 

Esto implica un alto nivel de estrés. Es muy necesario ser consciente de ello, porque si no puedo caer muy rápido en la frustración, en la desesperación, o en la desgana porque “nada de lo que hago” es definitivo, porque tengo que “empezar de nuevo” una y otra vez.

 

Por utilizar una metáfora futbolística, muchas veces a los 40 o 50 años tengo que “salir al campo”  como si fuera un chaval de 17, a ganarme el puesto en el equipo y a sudar la camiseta para demostrar quién soy.

 

Para responder a la pregunta que da comienzo a esta reflexión, ¿durante cuánto tiempo tengo que seguir aprendiendo? La respuesta es simple: hasta que me muera.

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