Un adulto toma alrededor de 35.000 decisiones más o menos conscientes cada día, mientras que un niño sólo llega a 3000. Ahora ya sé por qué mi vida era más fácil cuando era más joven.

 

Hay diversas estrategias para la toma de decisiones que cada persona utiliza según la ocasión y sus sesgos de personalidad:

 

 

La impulsividad: elijo la primera opción que se me presenta para zanjar rápidamente el asunto. Esta estrategia implica mucho riesgo, pero proporciona un alivio inmediato a la incomodidad de valorar opciones.

 

 

La conformidad social: elijo la opción mayoritaria de mi grupo social de referencia para el asunto en cuestión, ya sean familiares, amigos, colegas de trabajo, etc. Aquí obtengo una garantía social, de que no quedarme atrás si acierto y de compartir el daño si me equivoco. También hay una falsa garantía estadística de que “tanta gente no puede estar equivocada”.

 

La delegación: cuando delego en otros es porque pienso que lo pueden hacer mejor que yo, como por ejemplo cuando me pongo en manos de un especialista. En este caso delego la decisión y, lo que es más importante, la responsabilidad en el caso de que algo salga mal.

 

La procrastinación: elijo no elegir, esta es una estrategia de ocultación: escondo el problema todo el tiempo que sea posible. Procrastinar es un muy distinto que postergar. Postergar es ser consciente de la importancia del problema pero valorar que la urgencia no es apremiante: muevo la decisión en el tiempo, no la evito. La postergación es una estrategia que utiliza una de las fuerzas más potentes de la mente humana: la negación.

 

La prioridad emocional: en este caso no elijo la mejor opción, sino la menos dolorosa. Esto sucede cuando hay un elemento emocional tan poderoso que perturba todas las demás consideraciones. Es una opción preferente en cuestiones afectivas y familiares.

 

La valoración de pros y contras: Esta estrategia ya utiliza elementos racionales elaborados. Aunque por sí sola es incompleta, porque la contraposición de ventajas e inconvenientes no sirve por sí sola, ya que sólo de ellas no sale una decisión racional.

 

La reflexión y la priorización: esta estrategia completa y perfecciona la valoración de ventajas e inconvenientes. Valoro el peso específico de cada pro y de cada contra, analizando el alcance final de la decisión y los riesgos que implica, con lo que al final sí puedo hacer un balance racional de cada listado para saber por cuál decantarme.

 

En las decisiones reales normalmente se mezclan varias estrategias diferentes. Y además, en todo proceso de toma de decisiones hay algo que siempre lo condiciona y modifica: el tiempo. El tiempo para considerar opciones y tomar la decisión, el tiempo de comienzo de la acción y la duración estimada del proceso. No es lo mismo decidir qué película ver que qué carrera estudiar.

 

Hasta aquí he hablado la toma de decisiones. Para acabar quiero hablar del mantenimiento de las decisiones. Tomar una decisión es complejo, mantenerla es difícil. Porque para mantenerla tengo que crear un hábito.

 

 Volviendo al ejemplo de la película o los estudios. Para una película solo tengo que mantener mi decisión un par de horas, para una carrera son años. Sin el hábito del estudio mantener la decisión de la carrera es imposible. Por eso cuando pienso en decidir algo a largo plazo tengo que pensar también en cómo crear el hábito que me permita hacerlo.

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