Con más frecuencia de la que me gustaría me pasa que echo la vista atrás y tengo la sensación de que debería estar más lejos o más avanzado en mi vida de lo que realmente estoy, debería haber conseguido más cosas, más logros, más dinero, más viajes.

 

Esto es una trampa mental. Porque no me comparo en relación a cómo estaba hace un año (que sería lo lógico), me comparo en relación a cómo me gustaría estar, si yo no fuera el que soy, y no me hubieran pasado las cosas que me han pasado. La mente puede obviar mis circunstancias, y hasta quién soy yo, y por eso es un engaño, un truco de magia barato en el que caigo si no estoy muy atento.

 

Esperar es duro, genera incertidumbre, frustración, desasosiego. Además, vivimos en una sociedad plug and play, en la que esperar está demonizado, porque todo debería funcionar inmediatamente, como conectar un ratón al portátil, lo que añade más leña al fuego de la incomodidad.

 

La única forma que yo conozco de combatir los sentimientos que produce esperar, y la sensación de que mientras espero, no avanzo, es… no esperando. Pero, ¿cómo? ¿Es eso posible? Sí, es posible.

 

Las dos técnicas más efectivas para combatir la sensación de falta de avance que produce la espera son: 1) una planificación lo más detallada posible del camino a seguir para conseguir mis objetivos: una hoja de ruta, con muchos hitos pequeños o micro objetivos. Y 2) poner el foco en hacer cada día únicamente lo que me toca, ni más ni menos.

 

Cuando planifico con mucho detalle evito la trampa mental que supone ir de mi situación actual a mi objetivo en la décima de segundo que tardo en pensarlo, porque al hacer la hoja de ruta tomo conciencia de la complejidad del proceso y de todo lo que abarca. Cuando pongo el foco en hacer cada día mi tarea, me resulta más fácil olvidarme de todo lo que queda.

 

Al hacer esto la mente genera otro truco mental inverso al anterior del que me puedo aprovechar. Al poner el foco en un día a día planificado tengo la sensación de que avanzo por un camino asfaltado, dejo de hacer comparaciones absurdas porque estoy volcado en cumplir el objetivo diario, literalmente dejo de esperar porque estoy comprometido con actuar.

 

La planificación convierte cada micro objetivo en un motivo de celebración diaria, por lo que todos los días que cumplo con mi objetivo estoy llegando a la meta. La focalización en las tareas planificadas evita que la mente se coloque en estado mental de espera.

 

El estado mental de espera es un estado infantil, un estado en el que no puedo hacer nada, y estoy a la suerte de lo que venga. El estado mental de acción es un estado de poder, en el que yo soy el que dirige mi vida, y sólo dependo de lo que yo decida.

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